Lo que se dice en casa

–¿A dónde vamos, mamá? 
–A lo del gordo, un amigo de papá. 
–¿Ese que papá le dice bola de grasa? 
–Sh, no lo vuelvas a decir. Lo que se dice en casa no se repite 
–Si estamos en casa. Bola de grasa, gordo, re gordo –cantó Delfina.
–No seas insolente –le dijo Clara con voz firme a su hija mientras le abotonaba el tapado de pana azul. 
–Papá también dice que el gordo ese le prestó mucha plata y que  por eso tengo que jugar con su hijo Adolfito. Es un tarado, llora por todo lo que no le sale y siempre quiere tener razón –contestó Delfina rascándose las piernas. 
–Quedate quieta, no te puedo abrochar las hebillas de los zapatos. 
 –No aguanto estas medias. ¿Por qué negras? Parecen de muerto.
–Porque la gente que nos invita es muy importante, así que deja de decir lo que te pasa por la cabeza y comportate. 
–¿Para ellos las medias negras son importantes? ¡Qué pavada! ¿Y las rojas que me regaló la abuela?
–Las tiré.  
–¿Por qué? Eran lindas. 
–Basta, dije basta –y con un tirón le ajustó los lazos de gasa dorada que le sujetaban las trenzas. 
–Ay, me dolió. Cada vez que vamos a esa casa, te ponés mala y nerviosa. 
     Clara intentaba no entrar en una discusión, tenían que estar listas. Pablo pasaría a buscarlas de un momento a otro y él no toleraba las demoras. Tomó a Delfina de los hombros y la hizo girar hacia el espejo del placard. 
–Listo, hija, estás muy linda, mirá. 
     Delfina largó una carcajada.
–Si me ponés una estrella en la cabeza, soy un arbolito de navidad. Brillo por todos lados, mamá. ¿No me puedo sacar los moños del pelo? -Dijo Delfina moviendo la cintura con aires de modelo. –¿O también son importantes para tus amigos importantes?   
     En ese instante sonó el celular. Pablo preguntó a los gritos por qué no estaban en la puerta de entrada. Clara intentó explicarle mientras le hacía señas a su hija para que fuera bajando. Delfina se negó. Cruzó sus brazos en forma caprichosa y le señaló las cintas a punto de quitárselas. Del otro lado del celular Pablo amenazó con irse sin ellas, pero esta vez Clara no respondió y le cortó. Se escuchó un chirrido de ruedas acelerando. Sin asomarse siquiera a la ventana, Clara se volvió hacia Delfina, le agarró las trenzas y la sentó en seco sobre la silla del escritorio. 
–No te muevas de acá –le ordenó hecha una furia y salió del cuarto.  
     Delfina, con un nudo en la garganta, apenas pudo pedir perdón. Se puso pálida cuando vio a su mamá volver con una tijera en las manos.
–¡Papá, vení! –gritó lo más fuerte que pudo. 
     Clara tomó con firmeza la tijera y Delfina se largó a llorar.  
–¡Papá, papá! 
–Dejá de gritar de una vez –dijo Clara y comenzó a cortarle las medias negras.
–¿Qué hacés? Papá se va a enojar un montón.                
–Olvidate de papá. 
     Clara le sacó las medias a Delfina y buscó otro par en el segundo cajón. 
–¿No las habías tirado? 
–No, no las tiré. Vení que te las pongo. 
–¿No vamos a lo del gordo entonces? –dijo la nena mientras se secaba las lágrimas. 
–No, no vamos a lo del gordo. Se me ocurrió algo mejor –le dio un beso, le limpió la cara con sus manos y le puso las medias rojas. 
–Ves, estás buena de vuelta. ¿A dónde vamos ahora? 
–A lo de la abuela. Se va a poner contenta cuando te vea. 

del libro "Todo lo que tenía que crecer" (2012)

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