Trapos viejos



     —¿Podrías pasarme el manteca? —me dice el nuevo hospedado. Mamá me clava su mirada desde el pasillo mientras limpia o simula que limpia la escalera. Hace un par de años que a mamá se le dio por instalar un Bed and Breakfast en casa. Ni idea. A mí ni me preguntó. Qué me va a preguntar si cada vez que puede me refriega en la cara que la casa es suya y que ella pone las reglas y que si no me gusta me puedo ir yendo. Ella sabe que los ahorros no me alcanzan ni para un monoambiente y los créditos en el país son un eufemismo. —Could you pass me some butter, please? —repite el húngaro. Lo miro por el reflejo de mi cuchillo. Debe ser por lo de Bed and Breakfast. Yo le hubiera puesto Cama y Desayuno. Le paso la manteca pero no digo ni una palabra. Mamá se pone a darle con el trapito a la baranda de la escalera. Sé que espera que le ofrezca al tipo una visita por el centro. Para eso parece que sirvo. Mamá vive diciendo que soy un inútil pero que al menos sé manejar y evadir postes de luz. No como mi viejo que se pegó un palo contra uno cuando yo todavía no sabía decir papá. Eso dice ella. Ni idea. La veo a mamá lustrar la baranda y hoy me da asco; hoy más que otros días. Quizás sean los agujeros de la franela, o el húngaro este que tengo enfrente. O la poca guita. Ni idea. 
     Me levanto. Le aviso a mamá que lo llevo al fulano nuevo a dar una vuelta. Ella pone cara de alivio. Antes de irme tomo el cuchillo de la mesa y lo clavo en esa mano que no tolero ver fregar más. Ahora sí. La veo quieta y yo también pongo cara de alivio. El húngaro, ni idea. Levanto el trapo agujereado del piso, me limpio unas gotas de sangre del buzo, dejo el trapo por ahí y me voy


del libro Erosión (2017)

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