Ya le había dicho su mamá que las casas velatorio eran frías y por eso Juanita lleva puesto doble buzo la mañana del velorio de su tío. Cuando entra a la sala se tapa la nariz con la manga sin querer; hay un olor demasiado de flores, piensa ella. La mamá le golpea la mano para que evite ese gesto. Juanita busca una ventana y la encuentra con la mirada. Está en un cuartito alejado. La mamá le dice al oído como si adivinara lo que su hija quiere:
—En ese cuarto del fondo está tu tío Raúl, ¿Ves el cajón? Después, si querés, andá. Yo tengo que saludar a unas personas, ¿sabés? Buscá a la tía y andá con ella.
Juanita quiere decirle que va a ver al tío ahora pero su mamá ya está sentada en un sillón con un señor que no conoce. Camina sola y decidida en dirección al cuarto del fondo hasta que las ve y se detiene. Las cuenta. Son ocho mujeres grandotas, apelmazadas en unas sillas de madera en ese cuartito, el de su tío. Le dan impresión esas señoras de negro a un costado del cajón.
—¿Qué mirás? —dice la tía que se acerca sin saludar a Juanita—. No las mires así.
—¿Qué son? —le pregunta Juanita achinando los ojos para convencerse de que son de verdad.
—No seas irrespetuosa. Se les dice las lloronas. Aunque se lamenten, no hay que consolarlas; ¿entendiste? Ahora vuelvo. Quedate por acá que mamá seguro te lleva a ver al tío.
Juanita no aguanta la curiosidad. Se acerca con disimulo. Quiere verles las caras detrás de esos tules oscuros que le cuelgan del pelo y no se les caen. Hay una, la que aprieta fuerte un pañuelito con algo rosa bordado, que se queja fuerte sin aviso. Juanita se aleja un poco del susto. Las sigue mirando, ahora, de lejos. No les ve caer ni una lágrima pero se golpean el pecho. Eso Juanita lo entiende; a ella también le duele desde esa mañana. Tuvo una punzada fea bien temprano pero no avisó porque su mamá todavía dormía. Se toca y parece que tuviera moretones pero ya miró y no tiene. Cuando la vea a su mamá le va a contar de ese dolor que no sabe qué es. Vuelve a mirar a las mujeres de negro. Piensa cómo va a hacer para saludar al tío, o será que tiene que esperar a que las señoras se vayan. No sabe qué hacer. Mira para atrás y el salón está cada vez más lleno y ya no ve ni a su tía ni a su mamá. Una señora deja una bandeja con café servido y Juanita la sigue, quiere tomar algo caliente. Entra a una habitación detrás de la señora.
—Hola, ¿tenés un vaso de leche caliente para darme? —pide Juanita. Se pone contenta de que alguien le sonría por primera vez en el día. Ese también es un cuarto chico. Sólo hay una silla, un lugar para calentar cosas y un placar para las tazas y platos pero no hace tanto frío. Además, el olor a flores no se siente por el aroma fuerte del café. Juanita le promete a la señora volver a charlar después de que salude al tío Raúl y sale tomando la leche de a sorbos. Se sienta en un sillón bajo, cerca de su tío. Tan cerca como puede, o no tanto, por lo de las señoras de negro. Las mira otra vez. Se anima a fijar la mirada.
La de cejas gruesas saca un libro que podría entrar en una cajita de música. Juanita hace una mueca de disgusto. Duda que un libro de cuero negro y ajado sea algo bueno para su tío. O para el alma de su tío. Con manos enguantadas, la llorona habla con voz monótona: “Tumba de oro.” Las otras repiten, todas a la vez: “Tumba de oro.” Para Juanita es una frase rara, con palabras que no le gustan. La mujer con el libro parece que no respira, ni se mueve, casi ni abre la boca: “Mortaja de guipur.” A Juanita le vuelve a dar una puntada en el pecho. Sin pensar, apoya el vaso de leche sobre el cierre del buzo para que el calor le calme la molestia. “Mortaja de gui- pur”, responde el coro. A Juanita se le vuelca toda la leche sobre su pollera. Busca a su mamá entre las personas. “Lápida de lápidas.” Le habían dicho que ya tenía edad para participar del velorio de su tío. Mira su pollera chorreando y no entiende por qué la llevaron. Levanta la cabeza y ve a su mamá que se hace camino entre los sillones y las voces en automático: “Lápidas de lápidas.”
—¿Qué haces, Juana? Mirá lo que sos —la reta su mamá en voz baja pero severa—. ¿De dónde sacaste ese vaso? ¿Por qué no me pediste? —la madre dice
todo de corrido pero no espera una respuesta. Apoya el vaso sobre una mesita de vidrio, saca un pañuelo de la cartera y le refriega la ropa más de la cuenta.
—Despacio, mamá. —La madre le sigue limpiando—. Mamá, ¿escuchás lo que dicen esas mujeres? No tiene nada que ver con el tío.
“Piedra sagrada.” —¿Qué cosa? —pregunta la mamá más atenta a la mancha que a lo que le dice Juanita.
“Piedra sagrada.” —Eso. ¿No las oís? ¿No les podés decir que se callen y se vayan? —Juanita ya se acostumbra a hablar bajo como todos ahí.
La madre toma a su hija del brazo, con presión, y la lleva detrás de una corona de flores que Juanita no había visto todavía. De ahí era el olor tan fuerte, piensa. —Mirá, Juanita; no fue buena idea que vinieras, pero ya estamos acá. Tomá, te dejo algo para que no te aburras, pero portate bien. Tengo que atender a toda esta gente que vino por el tío, no por vos.
Juanita se queda con un lápiz y una libreta en la mano mientras ve a su mamá alejarse otra vez. “Torre de rocas.” Se hunde el pecho con el dedo pulgar; le duele tocarse pero no puede evitar hacerlo. Se da cuenta de que olvidó contarle sobre eso a su mamá. “Torre de rocas.” Arranca una hoja de la libreta sin demasiado cuidado y se sienta en el piso lejos de esas voces que no paran. No dibuja. Sin embargo, está tan concentrada como las señoras de negro. Ellas hablan; “Ruega por nosotros.” Juanita escribe. Juanita escribe, ellas hablan. “Ruega por nosotros.” La nena no deja de escribir; lo hace rápido y con letra firme. Las mujeres están calladas. Juanita se levanta enseguida y estira el cuello detrás de la corona de flores para ver qué pasa. Las lloronas están paradas. Todas hacen la señal de la cruz a la misma vez y a la misma velocidad. Juanita ve cómo esos sacos de papas se van yendo de la sala velatoria, a paso lento y pesado. Arrastran los pies y salen sin dejar de quejarse hasta que no las ve ni las escucha más. Juanita se asegura de que su mamá y su tía estén lejos. Dobla su papel y va al cuartito del fondo. En el apuro por llegar, casi le hace caer la bandeja a la señora con los cafés. Ella le guiña el ojo y la deja pasar primero. Apenas llega, se acerca al cajón. Acaricia la madera y mira los ojos cerrados de su tío. Piensa que dormido es lindo también. Le lee en voz baja lo que escribió: “Camita de tierra blanda, sábana de algodón fresca, simpático de simpáticos.” Juanita deja de leer y se seca con la manga de los buzos el agua que cae de su nariz. Sigue: “madera tallada, pétalos de origami. Seguí entre nosotros.” Satisfecha, dobla el papel y lo esconde en el hueco de las manos de Raúl sin que nadie la vea. Por un segundo, a ella le parece que el tío le toma la mano, pero es ella que no quiere sacarla. Lo hace igual. Su mamá llega por detrás, la tironea del brazo, le dice que los muertos son sagrados, y que no se le ocurra tocarlo.
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