Silvina había pedido el turno un mes atrás pero, como siempre, se puso a buscar la radiografía cinco minutos antes de salir. Fue directo al estante más alto del placard, arrimó una silla y se trepó rápido para alcanzar el sobre blanco que asomaba entre un montón de papeles. En el apuro, además de tomar la radiografía, cayeron dos o tres sobres más. No tenía tiempo para juntarlos, corrió la silla y cerró el placard. Volvió a ver los papeles tirados y con desgano decidió juntarlos, era cuestión de segundos. Sus ojos miraron sin querer el encabezado de los sobres. Los tres llevaban el mismo. No pudo soltarlos por un rato.
Se sentó en el piso. Se olvidó del turno médico, de la hora que era, de lo que debería hacer más tarde. Acarició los sobres, despacio fue abriendo uno a uno. Miró las fotos en blanco y negro e imaginó su cuerpo, sus ojos, sus rasgos. ¿Parecidos a los de quién? –Nueve sobres hacían falta nada más –dijo Silvina con voz suave y apagada.
Se sentó en el piso. Se olvidó del turno médico, de la hora que era, de lo que debería hacer más tarde. Acarició los sobres, despacio fue abriendo uno a uno. Miró las fotos en blanco y negro e imaginó su cuerpo, sus ojos, sus rasgos. ¿Parecidos a los de quién? –Nueve sobres hacían falta nada más –dijo Silvina con voz suave y apagada.
del libro Todo lo que tenía que crecer (2012)
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