Falso contacto



     La radio del viejo moría más o menos cada dos meses. Me acuerdo que empezaba con un sonido intermitente, el volumen inaudible aún al máximo y terminaba muda. Insistíamos con algunos golpes secos para reavivarla; a veces bastaban, a veces no. Era el momento en que mi hermano mayor procedía a repararla. Por alguna razón, cada vez que lo llamo al viejo desde España, solamente charlamos de esa anécdota. Arranco yo siempre. Lo hago más bien apurado por la larga distancia. Cuento que Julián le quitaba el estuche de cuero a la radio, la abría al medio y yo me quedaba extasiado al ver los circuitos de cables y las placas interconectadas de las que no sabía nada y él todo. Papá hace su parte y habla sobre la falla, que la encontraba enseguida porque era siempre la misma pieza, aunque cada vez tardaba más en arreglarla. Yo más bien focalizo en los movimientos tan exactos de Julián; cuando abría el cajón derecho de su escritorio y sacaba la soldadora como quien descorcha el mejor vino para la mejor ocasión. A mí me daba un alicate en custodia y yo esperaba que me lo pidiera. Él enchufaba la soldadora. La dejaba calentar mientras limpiaba el arreglo de la vez anterior. Le echaba un óxido que venía en botellita de remedio y la placa quedaba limpia como si hubiera recibido agua bendita. Papá siempre interrumpe en la misma frase para decir lo mismo: 
     —Benditos tiempos cuando estabas con nosotros.
     Y yo siempre escucho que se le quiebra la voz pero tose para disimular. Me doy cuenta aunque hoy hay más ruido que de costumbre y lo escucho más lejos. Por suerte el viejo sigue el relato del otro lado del teléfono: 
     —Julián describía lo que iba haciendo en voz alta y vos aprendías palabras como resistencia, fusibles, transistores. Repetiste la palabra resistencia hasta el fanatismo. Yo hubiera imaginado que seguirías con el oficio familiar. 
     —Cortala, viejo. Sigamos con el cuento que me gusta escuchar tu voz. 
     Tu voz, repite el eco en mi auricular y parece que hablo solo. —¿Estás ahí? 
     —Acá, sí. En fin; una vez calentada la soldadora, Julián cortaba una porción de estaño enrollado en un carretel que vos tenías prohibido tocar, ¿te acordás?, y lo acercaba a un alambre finito, finito. 
     —Sí, yo quedaba encantado con ese hilo de humo que salía de la soldadora y no sabía bien qué mirar. Era todo medio mágico. Contaba para adentro cuánto tardaba en desprenderse la gota de estaño de la barra de metal. 
     —Tu hermano te pedía bajito que, con el alicate, acercaras el alambre a la resistencia y te codeaba porque vos estabas en otra. Sí, en otra... 
     —Dale. ¿Estás? ¿Hola? No hagás pausas de más. 
     —Bueno, lo que ya sabés. Julián contenía la respiración para que no le temblara el pulso. 
     —Yo también contenía. —No sé por qué. No hacía falta. Julián tenía la cosa bajo control. 
   —No me importaba tener el control; era por lo mágico, como te dije. Ver cómo se formaba esa gota, cómo se hacía pesada hasta que caía sobre la falla. Después era todo más común. El metal líquido hacía su efecto y las piezas quedaban unidas pero no festejábamos. Había que dejar enfriar la soldadura... 
     —Y mientras esperaban, Julián ordenaba: desenchufaba el soldador, guardaba el rollo de estaño en un estante alto de su biblioteca y vos no soltabas el alicate hasta que te lo pedía. Tenías que ver con la fuerza que lo tenías, siempre te tomaste todo demasiado en serio. Y andá a hacerte cambiar de idea. Un testarudo. 
     —No existen los grises, viejo. Vos me enseñaste que los circuitos se reparan cueste lo que cueste. 
     —No seas irónico, querés. 
     No puedo oír bien la última frase; le digo a papá que la repita. No lo hace, supongo. 
     —¿Estás ahí? —digo casi gritando. Le doy unos golpes al teléfono pero ya no escucho la voz del otro lado. Corto y me quedo pensando en el final del relato que no llegamos a decir: Mi hermano cerraba la radio, la ponía en el estuche de cuero y la encendía. Yo me mordía los labios que me temblaban de solo pensar que, un día, tal vez ese día, no la iba a escuchar más. 

del libro Erosión (2017)

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